Ya perdiste el número de duchas al día...sintiendo que por muy fuerte que la frotaras contra tu piel no servía de nada. Cada fibra de esa esponja rasgaba casi tanto como sus uñas contra tu espalda.
Por favor para.
El agua corría roja por el plato de ducha mientras tú la veías negra. Era sucia, como sus pensamientos. Y mientras caía el agua por tu cuerpo aún no habías parado de gritar.
Por favor para.
Tu cuerpo no contaba con más de 6 otoños, 13 inviernos, 9 veranos y 14 primaveras, tu edad biológica. Consumida tras un incesante olor a perfume de hombre barato frotabas tu dignidad aplastada bajo litros y litros de agua...bajo minutos y segundos de tiempo helado.
Por favor para.
No basta con llorar, también sentiste vergüenza. Vergüenza de ti misma, de por qué lo permitiste sin contarlo. Pensaste que si fueras realmente una mujer no habría habido una segunda vez.
Por favor para.
Por fin sales de la ducha y te cruzas de frente contra el espejo. Tu más fiel enemigo en estos momentos, incluso más que él. Tu reflejo te juzga, te apabulla y te aplasta contra lo más bajo. No te deja alzar la vista al frente, porque no encuentras tu dignidad.
Por favor para.
A veces hay algo llamado esperanza que sale de algún sitio para mandarte fuerzas y mantenerte en pie, pero se va rápido; sólo es momentánea. Tiemblas...casi tanto como cuando él llega al orgasmo,pero en tu caso es miedo. Gritas...casi tanto como cuando él te desea, pero en tu caso es asco.
Por favor para.
Sólo te mando fuerzas para que dejes de pensarlo, y un día le digas con voz firme:
Ya basta. Para.
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